Estoy convencida de que los mejores momentos llegan sin planearlos, y que las buenas personas aparecen en tu vida de forma casual y espontanea.

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No se si sea un capricho del destino que se burla de nosotros o si la vida funcione de esa manera en específico, pero resulta ser que al menos en mi experiencia, siempre terminé encontrando aquello que tanto buscaba justo cuando me decidía a rendirme de aquel intento, las personas nos preocupamos demasiado por lo que nos falta, por encontrar a aquella persona especial que ha de acompañarnos por el resto de nuestros días, o por vivir momentos hermosos que trasciendan nuestra propia existencia, ese tipo de situaciones que nos hacen convencernos de que nuestra existencia misma tuvo un sentido, de que no vivimos de en vano, que valió la pena todo lo que vivimos a final de cuentas.

Todos tenemos algo de prisa por encontrarnos con esa persona especial, o por vivir estos momentos tan importantes que justifiquen los demás días de nuestra existencia, y la mayoría salimos a buscarlos, tratando de reconocerlos entre todo lo demás, buscamos personas especiales entre un multitud, como si aquello que les hiciera especiales al mismo tiempo les hiciera resaltar de aquellas multitudes de gente que vemos pasar día a día, pero lo curioso es que aquello que hace a una persona especial es imposible de distinguir a simple vista, y más curioso aún es que casi siempre resulta que la persona que estuvimos buscando durante tanto tiempo en ocasiones resulta ser alguien que conocíamos desde mucho tiempo atrás, alguien que simplemente no nos esperábamos que fuera a tener tanta relevancia en nuestras vidas, resulta ser quien menos te imaginabas que podría ser.

Lo mismo pasa con los momentos memorables; muchas veces tratamos de organizar eventos de forma tan minuciosa que nada pueda salir mal, tratamos de fabricar experiencias perfectas de donde deriven recuerdos superiores a los que tenemos, queremos fabricar momentos inolvidables y que destaquen por mucho de nuestras vidas cotidianas, y por más bien planificados que estén estos eventos, por más minuciosa que sea nuestra estrategia, pocas veces logran superar a aquellos que se dan de forma casual, aquellos que se presentan de manera natural en nuestras vidas, sin haberlos planeado, sin esperarlos siquiera, son esos momentos los que nos hacen sentir que nuestras vidas tuvieron sentido, y que los muchos sufrimientos por los que todos pasamos valieron la pena, pero buscar estos momentos es casi igual de inútil que buscar a nuestra persona especial, porque se ocultan detrás de aquello donde menos expectativas tenemos.

Al final de cuentas parece que somos incapaces de engañar al destino, parece que todos nuestros esfuerzos por acelerar aquel encuentro con la persona elegida, o por vivir más de esos momentos que se vuelven inolvidables son un desperdicio de energía, porque parece ser que las cosas no pasan hasta que están dispuestas a pasar, parece ser que las mejores personas, los mejores momentos son imposibles de cazar, parece ser que por mucho que nos esforcemos por crear estas cosas de forma artificial somos incapaces de hacerlas bien, parece ser que lo mejor de la vida no se busca ni se encuentra, simplemente llega de forma natural y casual, en el momento en el que menos te lo imaginas y comúnmente justo después de que te decidieras a dejar de buscar.

Autor: Sunky