Lo malo de la experiencia es que siempre aparece después de equivocarte.

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Sé que el simple hecho de aprender una lección es suficiente recompensa para que lo vivido haya valido la pena, sé que hay personas que cometen una y otra vez los mismos errores y que soy afortunada al menos por saber reconocer las lecciones que la vida me enseña en cada una de mis derrotas, pero definitivamente hay cosas que me hubiera gustado no tener que vivir, personas que me hubiera gustado no tener que conocer, y sentimientos que me hubiera gustado poder evitar, si bien soy quien soy ahora gracias a toda la experiencia adquirida en el transcurso de mi vida, aún así hay momentos tan dolorosos que dejan cicatrices imposibles de borrar, hay momentos que nos marcan tan fuerte que quedan grabados en nuestra alma y nos acompañan por siempre hasta el día final.

Los errores del ayer son los que nos permiten ahora recorrer la vida sin tropezar tanto, y de esas equivocaciones aprendimos a reconocer en el camino los lugares de los que debemos alejarnos, el tipo de personas a las que no debemos darles confianza y de quienes nunca debemos enamorarnos, sin embargo no puedo evitar pensar que también me he ido amargando con el paso del tiempo, con las decepciones, con las tristezas y la soledad, sería genial poder evitar los malos tragos sin la necesidad de sufrir primero, sería hermoso poder aprender de las experiencias ajenas y saber reconocer los buenos consejos de los malos, sería muy bonito poder querer a alguien de nuevo con la frescura con la que lo hacia antaño, sería genial poder asombrarme de todo como antes lo hacía, y ser feliz con el simple hecho de ir a los juegos mecánicos.

Conforme crecemos y maduramos cada vez somos más sabios, pero el precio que pagamos por esa experiencia es el dolor mismo, y ese dolor poco a poco va apagando al niño que todos tenemos dentro, ese niño que se encariña fácilmente, que confía en todos, que quiere a todos, que todo le gusta, que todo le sorprende, que quiere ayudar a todos y que se siente querido por todos, ese niño que nos metió en tantos problemas pero que nos hacia ver el mundo de una manera distinta y mucho menos compleja, ese niño que se maravillaba de cualquier cosa y que era feliz sin necesidad de un motivo aparente, ese niño se va perdiendo a medida que ganamos experiencia y me gustaría que hubiera una forma de tener el conocimiento que ahora tengo pero conservar la frescura de mis pensamientos los sentimientos que tuve hace algún tiempo.

Que tristeza que la experiencia siempre venga después del dolor, después de habernos equivocado, que triste que no podamos evitar vivir aquellos eventos traumáticos que nos obligaron a madurar, que triste que la madurez de alguna manera vaya aniquilando a nuestra inocencia, que triste que mientras más sabios somos nuestra facilidad para ser felices decrezca, ojalá existiera una manera de aprender sin sentir tristeza, de conocer la lección sin tener que equivocarnos primero, pero seguramente si la hubiera de nada me serviría a mí, ya que siempre he sido una cabezota que no le gusta que le cuenten de nada, que prefiere tener sus propias experiencias y definir por si misma como es cada persona y cada cosa.

Autor: Sunky